Opinión / Jaisy Segura
A propósito de conmemorarse este 8 de marzo el Día Internacional de la Mujer, diversas reacciones han surgido recientemente, tras las declaraciones del psicólogo y terapeuta de pareja Mario Minaya, quien ha manifestado en reiteradas ocasiones que “al hombre malo no se le guarda homenaje”. Sus palabras han abierto un debate necesario en torno a la forma en que muchas personas enfrentan las rupturas amorosas, especialmente cuando estas han estado marcadas por el dolor, el maltrato emocional o la desvalorización.

El también conferencista insiste en la importancia de aprender a cerrar ciclos sin glorificar a quien causó daño. En otras palabras, propone dejar de idealizar relaciones que, lejos de aportar bienestar, terminaron dejando heridas profundas. Este planteamiento no se limita únicamente a la figura masculina; más bien, invita a reflexionar sobre cualquier relación en la que uno de los miembros haya ejercido una influencia negativa o destructiva sobre el otro.
En muchos casos, después de una ruptura dolorosa, la memoria selectiva tiende a rescatar únicamente los momentos agradables, olvidando las experiencias que provocaron sufrimiento. Esa tendencia puede llevar a que la persona afectada mantenga una especie de “homenaje emocional” hacia quien la lastimó, perpetuando así una dependencia afectiva que dificulta avanzar.
Según Minaya, la verdadera sanación comienza cuando se reconoce el daño vivido y se decide mirar hacia adelante con una actitud renovada. No se trata de cultivar resentimiento ni de alimentar rencores, sino de asumir una postura consciente que permita aprender de la experiencia y evitar repetir los mismos patrones.
En ese sentido, el especialista propone una metáfora interesante: la puerta hacia nuevas oportunidades afectivas debe permanecer “entreabierta”. Es decir, abierta a la posibilidad del amor, del crecimiento y de relaciones más sanas, pero con la suficiente prudencia para cerrarse nuevamente si se identifica la presencia de una persona equivocada.
Este enfoque invita a equilibrar dos actitudes fundamentales: la esperanza y la prudencia. Avanzar sin miedo, pero también sin ingenuidad. Confiar nuevamente en el amor, pero sin olvidar las lecciones que deja el pasado.
Las declaraciones del psicólogo, más que una simple recomendación, constituyen un llamado a la “dignidad emocional”. Recordar que nadie merece quedarse atrapado en la memoria de quien lo lastimó. Porque seguir adelante no significa borrar la historia vivida, sino darle el lugar que corresponde: una experiencia que enseñó, pero que no define el futuro.
Después de todo, la vida y el amor siempre ofrecen nuevas oportunidades. Pero para recibirlas, primero hay que dejar de rendir homenaje a quien nunca supo valorar lo que tenía.

