Por: Rubén Geraldo Bautista
En la era digital, las redes sociales se han transformado en espacios donde todo parece tener valor, incluso aquello que jamás debió convertirse en contenido. Lo que antes era tragedia compartida en silencio o con respeto, hoy corre el riesgo de convertirse en material viral.
Uno de los casos más recientes en la República Dominicana fue el asesinato del chofer Deivy Carlos Abreu a manos de un grupo de motoconchistas en Santiago de los Caballeros, un hecho que quedó registrado en una grabación realizada por un supuesto “comunicador”.
Más allá del crimen en sí, lo que resulta profundamente inquietante es la actitud que mantuvo dicho “comunicador”, quien, en vez de buscar ayuda, decidió grabar y realizar preguntas a un hombre que, lleno de dolor, agonizaba.
Es cierto que las redes sociales tienen un impacto positivo en muchos aspectos. Gracias a videos y grabaciones, se han esclarecido numerosos casos en el país, aportando pruebas a la justicia. Sin embargo, ese mismo recurso ha creado una cultura donde el morbo, los “likes” y la viralidad pesan más que la dignidad humana.
Cada vez es más frecuente observar escenas de violencia, peleas o caos rodeadas de personas que, en vez de actuar, levantan sus teléfonos para grabar. La reacción inmediata ya no es auxiliar, sino realizar videos.
En el caso del joven conductor de un camión recolector de basura en Santiago, no solo se evidencia la brutalidad del acto, sino también una preocupante negligencia colectiva de los presentes, quienes optaron por grabar en lugar de ayudar a este hombre que moría de dolor.
Como sociedad, no podemos seguir permitiendo que el dolor de otros se convierta en entretenimiento ni violencia a la dignidad humana. Es necesario fomentar una cultura donde prevalezcan el respeto, la solidaridad y el valor de la vida humana por encima de cualquier tendencia en los medios de comunicación.
Porque cuando dejamos de ver al otro como persona y comenzamos a verlo como contenido, nuestra humanidad se pierde.

