Su primer hijo vino al mundo mucho antes que su firma como jardinero, la cual fue efímera y malograda por dos organizaciones. Laboró varios años cargando huacales en una empresa de refrescos, aun así, Ramón Ramírez mantuvo su acostumbrada y firme creencia en Dios de que su gran oportunidad llegaría en algún momento.

El menor y único varón de cuatro hijos de un hogar con carencias, pero honrado, amante del trabajo y con gran sentido espiritual, Ramírez tuvo que batallar fuerte para alcanzar su sueño y sacar hacia adelante una familia, que había formado contando con poco más de 15 años.

Con mínimos conocimientos sobre el arte de lanzar, el nativo de Puerto Plata fue entre los seguidores la parte opuesta del boom creado por Pedro Martínez desde finales de los 90´s, en que mientras miles, entre tragos, lo disfrutaban en los colmadones y provocaron una expansión de estos establecimientos, él se dedicaba a estudiar y analizar su arte y estilo de lanzar con la finalidad de sacar lo mejor de quien hoy es un hijo de Cooperstown.

“No sabía nada de como lanzar, lo había hecho muy poco en las pequeñas ligas y Pedro fue mi inspiración para desde esa posición buscar un nuevo chance en el béisbol, cada vez que lanzaba lo observaba con detenimiento y a la mañana siguiente me ponía a lanzar con mis amigos Rigo y Orlando ”, señala al Listín Diario.

Desde el desde 2013-14 Ramírez es un pitcher efectivo de los Gigantes, de tan brillante desempeño que hoy está ubicado en el cuarto puesto entre los mejores en salvados con 74, siendo solo superado por Jairo Asencio, 104; Arturo Peña, 88 y Darío Veras con 77.

En esos menesteres permaneció unos tres años, fuera de béisbol, pero ya con una responsabilidad familiar y recibiendo cierto soporte económico moral de sus padres, Teodosio Ramírez y María Dolores López, su progenitor para entonces era un maestro de la plomería, pero quien a duras penas logró levantar a sus cuatro hijos.

Cargaba huacales de refrescos

Casado con Fausta Valentina, desde hace 22 años, padre de cinco hijos, que incluye uno de crianza, sus responsabilidades lo llevaron desde muy joven hasta a trapear y andar “calles arriba y abajo” como empleado en un camión de la Coca Cola, Ramírez narra que comenzó la carrera de pitcher por cuenta propia, él mismo tirando y emulando algunos de los aspectos que había estudiado de Pedro en las múltiples ocasiones en que lo vio a través del televisor.

En una ocasión fue llevado a la escuela de Hiroshima Toyo Carp en San Pedro de Macorís, le hicieron varias pruebas y a César Gerónimo, para entonces jefe de la entidad japonesa y a Ezequiel Sepúlveda, del cuerpo de escauteo le gustó la soltura con que lo hacía y la fortaleza de su brazo. Aunque según revela en par de ocasiones estuvo cerca de recibir su baja. Es en ese momento cuando comienzan a abrirse una nueva ventana para retornar a un béisbol en que apenas había permanecido unos cuantos meses como patrullero, pues no dio el grado ni con Texas, ni con los Gigantes.

Perseverante, disciplinado, tan competidor como el que más, el pitcher de 38 años entiende que no podía caer en esta segunda oportunidad y sabía que Dios se la había puesto en sus manos y que batallaría a como de lugar para no dejarla escapar.

Y de esta manera ha sido, fue un miembro de las Grandes Ligas durante nueve campañas, en la que tuvo foja de 23-21, rescató 9 partidos actuando con Rockies, Kansas, Boston, Gigantes, Mets Y Orioles y en la pelota dominicana su desempeño ha sido tan brillante que hace ratos está ranqueado entre los mejores cerradores de todos los tiempos.

Aunque entiende que en ocasiones siente que su trabajo ha pasado desapercibido hasta en las instancias próximas al Julián Javier, el único hogar que ha conocido en el béisbol dominicano. Con esta franquicia en tres de sus siete estaciones ha culminado con doble dígitos en salvamentos.

Esta campaña y a pesar de sus 38 años, su labor ha sido formidable, pues ha rescatado siete de los 12 triunfos de los Gigantes, su efectividad es una microscópica 0.96 (1-0, 9.1 de entradas, cuatro hits, una vuelta, con 10 ponches).

“Agradezco a Dios que me dio la vida y me ha dotado siempre de salud, pero soy un gran trabajador, desde las nueve de la mañana ya estoy corriendo en el estadio, realizando los ejercicios de rigor, no importando en que lugar nos corresponda jugar, esto me ha ayudado a mantenerme en magnífica forma”, señaló.

Dueño de un brazo saludable, que nunca ha visitado un quirófano, es del tipo de persona que cuando quiere conseguir algo en la vida deben emplearse con pasión y amor. “Solo de esta manera se pueden cosechar los frutos”, afirma el pitcher, quien proviene de un hogar cristiano y desde hace buen tiempo visita la iglesia Templo Bíblico.

Fuente: Listín Diario

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