Azua.-Angélica y Reinaldo residen en una zona montañosa, rodeados de precariedades. Su vivienda está a punto de colapsar: el techo, sostenido con alambres oxidados, amenaza con desplomarse en cualquier momento.

Su baño es una vieja letrina construida en el patio, y su cocina, con tablas podridas y zinc suelto, podría venirse abajo con una simple brisa.

La pareja, además, cuida con amor de una nieta que es muda y no vidente, lo que agrava aún más la situación de vulnerabilidad en la que viven.

Reinaldo cuenta que solía trabajar para sustentar su hogar, pero una caída desde un mulo lo dejó físicamente afectado, truncando sus años productivos. Desde entonces, vive del esfuerzo diario y la bondad de los demás.

En su hogar no hay nevera, televisor ni lavadora. Duermen en camas deterioradas, y aun así, sonríen al hablar de su pobreza. Entre lo poco que tienen, todavía encuentran razones para compartir: con nobleza, doña Angélica nos invitó al patio y nos regaló unos aguacates.

Este gesto de generosidad conmovió al sacerdote Moisés Corcino, quien al conocer el caso, hizo un llamado al pueblo dominicano y a las autoridades para que no dejen solos a estos envejecientes.

La pareja no pide lujos, solo sueña con una vivienda segura que no represente un peligro para sus vidas, ni para la de su nieta.

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