Por: Franklin Segura

Vivimos tiempos en los que el entretenimiento parece imponerse sobre la reflexión. La cultura del relajo permanente y la banalización de los asuntos públicos han contribuido, en parte, a una sociedad que lee menos, cuestiona menos y, con frecuencia, confunde lo correcto con lo incorrecto.

Las redes sociales han amplificado esta realidad. Hoy, muchas figuras con gran influencia pública carecen de la preparación necesaria para orientar a miles de personas. El problema no es únicamente la falta de dominio del lenguaje o los errores ortográficos; lo verdaderamente preocupante es la normalización de la improvisación, la superficialidad y la ausencia de pensamiento crítico.

En ese contexto, resulta legítimo preguntarse qué mensaje recibe la ciudadanía cuando dirigentes políticos que han estado vinculados a administraciones señaladas por graves casos de corrupción continúan aspirando a dirigir el país.

La memoria democrática no debería ser selectiva. Casos como Sun Land, los Super Tucano, las controversias sobre terrenos del CEA, el proceso relacionado con CORDE y el escándalo de Odebrecht forman parte de la historia reciente de la República Dominicana y han marcado el debate nacional sobre la transparencia y la rendición de cuentas. Independientemente de las responsabilidades individuales que hayan sido establecidas por la justicia, estos episodios merecen ser recordados y analizados por los ciudadanos antes de ejercer su derecho al voto.

De igual forma, durante esos años también fueron objeto de amplio debate público las denuncias sobre presuntos vínculos entre estructuras del crimen organizado y funcionarios o personas cercanas al poder. Muchos de esos casos fueron investigados o discutidos en los medios de comunicación y en los tribunales, por lo que forman parte de la memoria colectiva del país.

Una democracia sólida requiere ciudadanos informados, con capacidad para analizar el pasado y evaluar la trayectoria de quienes aspiran a gobernar. El voto no debe sustentarse únicamente en discursos o campañas publicitarias, sino también en la memoria, los hechos y el compromiso con la ética pública.

La crisis que enfrentamos no es solo política. Es, sobre todo, una crisis de valores. Mientras la sociedad premie la popularidad por encima de la integridad, la propaganda por encima de la verdad y el espectáculo por encima de las ideas, seguiremos enfrentando los mismos desafíos.

Como expresa el Evangelio de Mateo (23:37): «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados!». Esta cita invita a reflexionar sobre la facilidad con que los pueblos olvidan las lecciones del pasado y desoyen las voces que llaman a la conciencia y a la responsabilidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Esto se cerrará en 0 segundos