La realidad de un mundo interconectado tiene muchas ventajas, pero puede disolver la identidad cultural de pueblos y naciones. Algunos han tomado en mal sentido la frase de Gibrán de que nuestros hijos no son vuestros hijos. 

En el sentido del libanés son hijos de la vida. Se refiere a que al lograr la emancipación harán su propia vida. Pero algunos creen que pueden adueñarse de nuestros hijos desde niños y adolescentes con diversas ideologías, unas estructuradas como la de género, y otras que promueven de todo como el suicidio, el hedonismo, el libre pensamiento, ateísmo, ritos satánicos que procuran riquezas, consumo de drogas  y desafíos que ponen en riesgo la vida: todo al alcance de un click a través de las redes y el Internet, desde nuestras propias casas.

Al momento que disfrutan los pseudointelectuales y difusores de creencias que atentan contra lo natural y la cultura de los pueblos, los padres cosechamos la depresión y problemas  de niños y adolescentes. Millennials y Centennials (Generación Z), están cada vez con más sentido de soledad; ya que rodeados de cientos de amigos virtuales están pobres de relaciones reales. 

Bañados de una soledad existencial y dañando su relación con su familia, queriendo vivir pautas foráneas que se le quieren imponer con rebeldía a las familias tradicionales. El reto de mantener la identidad cultural frente a la globalización es vital para la nación y la familia. Todo lo que atente a borrar nuestra identidad con una receta global debe ser cuestionado críticamente y no aceptado sin analizar ni ver que no es la realidad de nuestra nación.

 Nuestra cultura es nuestra identidad y junto a sus creencias debe ser respetada, para los padres, madres y tutores se presenta un reto de equilibrar la necesidad de que nuestro hijos manejen las herramientas tecnológicas actuales, igual que sus pares; pero que se supervise ese tránsito con las redes para cuidar su salud mental y su salud sexual. 

Las influencias negativas son muchas y por falta de supervisión muchos padres descubren tarde que ya sus hijos viven situaciones graves de adicciones, conflictos de identidad sexual, y daño en su salud mental. Hay que fomentar la independencia de los hijos en equilibrio con la jerarquía y la supervisión, para que sean adultos autónomos y responsables, guiados por principios y normas familiares, que sean sanos y funcionales.

 
 

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