Por: Delis Vargas
Hay una costumbre silenciosa que se ha instalado en nuestras vidas: dejar para después aquello que realmente importa. Aplazamos conversaciones, posponemos visitas, prometemos abrazos y repetimos una frase que parece darnos tranquilidad: «cuando haya tiempo». Vivimos con la ilusión de que siempre existirá un mañana dispuesto a recibir nuestros planes, como si la vida nos hubiera garantizado una segunda oportunidad para todo.
Sin embargo, la vida nunca ha hecho esa promesa.
No se trata de pesimismo, sino de una verdad tan sencilla como inevitable: el tiempo es el recurso más valioso que poseemos y, al mismo tiempo, el más incierto. Cada día que pasa nos recuerda, con absoluta discreción, que la existencia es frágil y que los momentos que dejamos escapar rara vez regresan con la misma intensidad.
¿Cuántas veces hemos pensado en visitar a un amigo, llamar a nuestros padres, abrazar a un hermano o compartir un café con alguien especial, y lo hemos dejado para otro día? La rutina, el trabajo, las preocupaciones o, simplemente, el orgullo terminan ocupando el lugar que debería pertenecer al afecto.
Quizá el mayor error de nuestra época no sea la falta de tiempo, sino la falsa creencia de que siempre tendremos más.
Con el paso de los años he comprendido algo que me acompaña constantemente: no sé cuántos abrazos me deben, pero estoy seguro de que yo debo muchos. Debo conversaciones que nunca ocurrieron, caminatas que quedaron pendientes, cafés que jamás compartí y risas que la prisa terminó robándome. Son deudas que no aparecen en ningún banco, pero pesan profundamente en el alma.
Las deudas del corazón no se pagan con dinero. Se saldan con presencia. Con una llamada inesperada. Con una visita sin motivo especial. Con el simple gesto de decir: «Vine porque quería verte». Se pagan dedicando tiempo a quienes amamos antes de que la vida cambie los planes sin pedirnos permiso.
Al final de la existencia, probablemente no serán nuestros errores los que más nos duelan. Lo que verdaderamente puede convertirse en un peso será aquello que sentimos y nunca expresamos; los abrazos que no dimos, los «te quiero» que callamos y las oportunidades de estar presentes que dejamos escapar creyendo que habría otra ocasión.
Por eso vale la pena hacer una pausa en medio de la velocidad con la que vivimos. Vale la pena elegir hoy. Abrazar hoy. Perdonar hoy. Visitar hoy. Amar hoy.
La esperanza no consiste en confiar en que tendremos mucho tiempo por delante, sino en agradecer y aprovechar el tiempo que ya tenemos entre las manos.
Que nunca nos falte la valentía para expresar nuestros sentimientos, la humildad para ofrecer un abrazo sincero y la sencillez para compartir un café sin esperar una fecha especial. Porque, cuando todo lo demás pase, serán esos pequeños momentos de amor, compañía y cercanía los que permanecerán vivos en nuestra memoria y en el corazón de quienes tuvieron la dicha de compartirlos con nosotros.
Después de todo, la vida no se mide por los días que acumulamos, sino por los instantes que decidimos vivir plenamente junto a las personas que amamos. Hoy sigue siendo el mejor momento para hacerlo.

