Los apagones siguen siendo una pesadilla para miles de dominicanos, una herida abierta que atraviesa gobiernos tras gobiernos, entre promesas incumplidas y décadas de reformas que no han logrado resolver de manera definitiva la crisis eléctrica. A pesar de vivir en una época de avances tecnológicos y de que el país ha logrado mantener una economía en crecimiento, la inestabilidad del suministro eléctrico continúa limitando la calidad de vida y frenando la prosperidad nacional.
Obviamente, el problema de los apagones no puede analizarse únicamente desde la perspectiva de la oferta y la demanda de energía. En República Dominicana, el sistema eléctrico ha sido golpeado históricamente por tres grandes males ampliamente identificados: una red de distribución deficiente, un modelo de generación altamente dependiente de combustibles fósiles importados y una cultura de informalidad. Esto último se refleja en las elevadas pérdidas de energía en las redes de distribución, además de una preocupante morosidad, incluso por parte del propio Gobierno.
A todo esto se suma la falta de voluntad política para impulsar transformaciones estructurales que garanticen un servicio eléctrico eficiente, confiable y sostenible. En resumen, los apagones siguen campando por sus anchas, como dice un refrán popular, mientras los recibos de electricidad llegan cada día más altos. Aun así, nadie parece ofrecer una explicación clara y convincente sobre por qué ocurre esta situación.
Naturalmente, la falta de energía no solo apaga bombillos; también apaga la esperanza de un país que merece más. Si se quiere continuar iluminando el camino hacia una nación verdaderamente moderna, productiva y justa para todos, es imprescindible enfrentar de manera definitiva el problema eléctrico.
Por: Isvelio Delgadillo

