El brillante e intuitivo Sigmund Freud, se atrevió a explorar teorías del desarrollo psicológico y la sexualidad infantil. Describió el complejo de Edipo en el niño y el de Electra en la niña. Una unión emocional y psicológica  con el progenitor de sexo contrario en los primeros cinco o seis años y rivalidad con el otro del mismo sexo. Luego de 6 a 7 años el niño se reconcilia con el padre y la niña con la madre al resolver estos dos complejos.

La resolución del complejo de Edipo crea varones que quieren ser como sus padres o mejor lo superan y el complejo de Electra resuelto crea una niña con buena relación con su madre. Esto repercute en la identidad sexual y en otros aspectos del desarrollo emocional.

Lo cierto es que necesitamos de ambos, del padre y de la madre para un desarrollo emocional pleno. No todos están de acuerdo con las teorías freudianas, pero son de mucha utilidad clínica y práctica. De la madre aprendemos mucho de la afectividad y de ese amor incondicional que nos dan en los primeros años de vida. Salvo excepciones de madres abandonadoras y ausentes, el amor materno es más leal que el paterno. 

El padre ejemplifica en la cultura un amor ligado al orden y a la autoridad. Niños criados sin la figura paterna tienen más riesgos de caer en la delincuencia juvenil y se crían a veces con dificultades para seguir órdenes y respetar figuras de autoridad.

Lamentablemente las familias monoparentales han crecido, dirigidas generalmente por la madre y menos por un padre sólo. Ambas figuras son necesarias para lograr el sano equilibrio emocional. Nuestra personalidad integrará características de ambos progenitores.

 Un ser humano debe emerger identificado con el padre o madre de acuerdo al género y que sea capaz de amar, ser afectivo, independiente, con límites, que sepa relacionarse con las figuras de autoridad y con la capacidad de tener un buen estado de ánimo y de ser feliz.

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