En una ciudad que agoniza se necesita el sacrificio de un hombre para salvarla. Amenazados con una invasión a punto de colapsar la ciudad, se requiere una arriesgada operación técnica. Ante una segura destrucción, los ancianos del pueblo deliberan.

Se necesita un hombre joven, fuerte e inteligente, raudo, veloz y buen jinete que pueda pasar entre el ejército invasor y avisar al general que fuera y muy lejos de  la ciudad podría enfrentar al enemigo y evitar que destruyan a sus conciudadanos.

Si el eficiente  general y su batallón conocen del peligro que sufre su ciudad la salvarían. Pero esa misión es suicida. Requiere un riesgo que hace difícil salir ileso al cruzar filas enemigas. Nadie se ofrece. El riesgo de una misión tan arriesgada atemoriza a los habitantes del  pueblo. 

Un anciano del Consejo ofrece una solución. Tiene un sólo hijo fuerte y racional. De buen porte y excelente luchador. Los demás ancianos tienen muchos hijos. Algunos cinco, otros siete y el más anciano tiene doce. Todos se han negado a ofrecer un hijo para la misión. Pero el anciano que sólo tiene un sólo  hijo lo ofrece. Entrega el mensaje al general, pero por las heridas recibidas muere a las dos horas de entregar el mensaje. 

La historia me recuerda la reflexión de Juan acerca de alguien que entregó a su único hijo para salvar a la humanidad. Dios entregó a Jesús, su único hijo. Como padre he conocido que el amor paterno puede ser tan inmenso que sentimos a veces que daríamos nuestra propia vida, o nuestros órganos por uno de nuestros hijos.

Doy gracias a Dios por obsequiarnos  como muestra de amor a su hijo Jesús y gracias por brindarnos el don de ser padres y comprender el significado del amor que está dispuesto a sacrificar todo por nuestros hijos. Hoy celebro la bondad de Dios y los medios y personas que pone en nuestro camino para disfrutar del milagro de la salud y la vida y por fortalecer nuestra fe

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