Por: Franklin Segura
En toda sociedad democrática es legítimo cuestionar a los gobiernos, exigir mejores resultados y señalar aquello que aún no funciona. Sin embargo, también es importante reconocer una realidad histórica: no ha existido, ni existirá, un gobierno perfecto. Gobernar siempre implicará enfrentar problemas complejos, atender demandas sociales crecientes y tomar decisiones que no siempre satisfacen a todos.
La historia lo demuestra. Desde las grandes civilizaciones de la antigüedad —como Egipto, Grecia, Roma, China, los mayas y los aztecas— hasta las naciones más desarrolladas de la actualidad, todas han tenido conflictos internos, crisis económicas, desafíos políticos y profundas diferencias sociales. El progreso nunca ha significado la ausencia de problemas.
Incluso desde la perspectiva de la tradición cristiana, se plantea que ni el gobierno divino estuvo exento de una rebelión, cuando Satanás y una tercera parte de los ángeles decidieron apartarse de Dios. Guardando las debidas diferencias entre lo divino y lo humano, esta referencia ilustra que la inconformidad forma parte de la naturaleza de toda comunidad organizada.
Los ejemplos contemporáneos abundan. Estados Unidos, la principal potencia económica del mundo, continúa enfrentando enormes desafíos relacionados con la migración irregular, el narcotráfico, la violencia y la calidad de su sistema educativo. El Reino Unido ha experimentado una notable inestabilidad política, con siete primeros ministros en apenas una década. Argentina sigue lidiando con una severa crisis inflacionaria, mientras que Venezuela continúa atravesando una prolongada crisis económica y social.
La República Dominicana tampoco escapa a esa realidad. Persisten retos importantes en materia de educación, salud, seguridad ciudadana, generación de empleos, movilidad urbana y calidad de los servicios públicos. Negar esos desafíos sería desconocer la realidad nacional.
No obstante, también es justo reconocer los avances alcanzados en distintos ámbitos. Bajo la gestión del presidente Luis Abinader, el país ha procurado mantener la estabilidad macroeconómica en un contexto internacional marcado por conflictos geopolíticos, inflación global y alta volatilidad de los mercados financieros.
Gran parte de esa estabilidad ha sido posible gracias al trabajo de funcionarios con amplia experiencia técnica, entre ellos el gobernador del Banco Central, Héctor Valdez Albizu; el ministro de Hacienda, Magín Díaz; y el superintendente de Bancos, Alejandro Fernández W., cuyas políticas han contribuido a preservar la confianza en la economía dominicana. Como resultado, el país continúa figurando entre las economías de mayor crecimiento de América Latina y el Caribe, presentando un crecimiento de 4.2%.
Asimismo, diversas instituciones del Estado muestran avances impulsados por funcionarios como Carolina Mejía en la Alcaldía del Distrito Nacional; David Collado en Turismo; Eduardo Estrella en Obras Públicas; Wellington Arnaud en el INAPA; Fellito Suberví en la CAASD; Faride Raful en el Ministerio de Interior y Policía; Guido Gómez Mazara en el INDOTEL; Luis Miguel De Camps en Educación; Víctor Atallah en Salud Pública; Kelvin Cruz en Deportes; Carlos Bonilla en Vivienda y Edificaciones; y Joel Santos en Energía y Minas.
Naturalmente, toda gestión pública es susceptible de críticas, y estas son necesarias en una democracia. Sin embargo, la crítica también debe estar acompañada de objetividad. Así como corresponde señalar las deficiencias, también es válido reconocer los logros cuando estos son evidentes.
El debate político se fortalece cuando se sustenta en hechos y resultados, no únicamente en percepciones o diferencias partidarias. Los gobiernos pasan; las instituciones permanecen. Por eso, el verdadero desafío consiste en seguir construyendo un Estado cada vez más eficiente, transparente y capaz de responder a las necesidades de la ciudadanía.
Quienes respaldan la actual administración consideran que la República Dominicana avanza por una ruta de estabilidad, crecimiento económico y modernización institucional bajo el liderazgo del presidente Luis Abinader y del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Sus críticos tendrán una visión distinta, como ocurre en toda democracia. Lo verdaderamente importante es que el debate se produzca con respeto, argumentos y un compromiso común con el bienestar del país.

