Por: Franklin Segura
La historia tiene una extraordinaria capacidad para explicar el presente. En muchas ocasiones, los hechos del pasado ofrecen respuestas a fenómenos que, a simple vista, parecen completamente nuevos.
En su obra Cosas Añejas, el escritor dominicano César Nicolás Penson relata el asesinato del sacerdote español Francisco Canales a manos del criminal Juan Rincón. Antes de ser ejecutado, el homicida fue exhortado por un sacerdote a mostrar arrepentimiento por su crimen. Su respuesta quedó registrada como una de las reflexiones más impactantes de aquella narración: «Yo no maté al padre Canales; lo mató la justicia dominicana».
Con esa afirmación, Juan Rincón no negaba su responsabilidad, sino que señalaba el costo de la impunidad. Según su razonamiento, si las autoridades hubiesen actuado con firmeza cuando cometió sus primeros delitos, jamás habría llegado a asesinar al sacerdote. La falta de consecuencias permitió que su conducta criminal escalara hasta convertirse en una tragedia.
Guardando las debidas proporciones y entendiendo que se trata de contextos completamente distintos, esa historia invita a formular una pregunta sobre la actualidad dominicana: ¿quién creó a Santiago Matías, conocido como Alofoke?
Mi respuesta es que no fue una persona en particular. Fue el propio sistema político dominicano.
Durante años, la política tradicional fue perdiendo credibilidad ante amplios sectores de la población. Los escándalos, las promesas incumplidas, el distanciamiento entre representantes y ciudadanos y el creciente desencanto con las instituciones generaron un vacío que comenzó a ser ocupado por nuevas figuras con capacidad de conectar directamente con la gente a través de las plataformas digitales.
Como ocurre en la novela Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, muchas veces una creación termina escapando del control de quienes contribuyeron a hacerla posible. El sistema que durante décadas ignoró las señales del descontento social terminó propiciando el surgimiento de liderazgos alternativos que hoy desafían el orden político tradicional.
Santiago Matías es, guste o no, una realidad política y social. Su influencia trasciende el entretenimiento y las redes sociales. Posee una capacidad de comunicación que conecta con miles de dominicanos, especialmente jóvenes que durante mucho tiempo no se sintieron representados por el discurso político convencional.
Si decide constituir una organización política, la Constitución y las leyes de la República Dominicana le reconocen ese derecho, siempre que cumpla con los requisitos establecidos por el régimen electoral. En una democracia, corresponde a los ciudadanos decidir, mediante el voto, quién merece su respaldo.
No puede descartarse que una eventual organización encabezada por Santiago Matías alcance una representación significativa. Si lograra superar los umbrales establecidos por la legislación electoral, adquiriría los derechos y responsabilidades que la ley reconoce a las organizaciones políticas que obtienen un respaldo importante en las urnas. Esa posibilidad dependerá exclusivamente de la voluntad del electorado.
Más allá de simpatías o rechazos, el verdadero desafío consiste en comprender qué explica el surgimiento de este tipo de liderazgos. Cuando una sociedad busca voces distintas, normalmente está enviando un mensaje a quienes tradicionalmente han ejercido el poder.
Por eso, el llamado no debe dirigirse únicamente a los partidos políticos. También alcanza al liderazgo empresarial, académico, social y comunitario. Ignorar los cambios que vive la sociedad nunca ha sido una estrategia inteligente.
La política cambia cuando cambia la sociedad. Quienes no interpretan esas transformaciones suelen descubrirlas demasiado tarde.
Como diría el refrán popular: «Presten atención al Cristo que no es de cera». No porque el futuro esté escrito, sino porque las señales del presente merecen ser observadas con seriedad. La historia demuestra que los grandes cambios comienzan mucho antes de hacerse evidentes para todos.

